Sobre el llamado autosabotaje
(y por qué las ganas no siempre alcanzan)
Empieza el año y pareciera que este es el momento ideal para nuevos objetivos, nuevas intenciones, nuevos compromisos. “Esta vez sí voy a poder”, “este va a ser mi año”. Otra vez la ilusión de que, con suficientes ganas y fuerza de voluntad, ahora sí va a funcionar.
Y de repente sucede algo conocido. Otra vez estás en la misma. Otra vez tropezás con la misma piedra —o con una muy parecida—. Y quizás, esa versión tuya que tanto te cuesta vuelve a aparecer, incluso cuando sentías que habías avanzado, que algo ya estaba trabajado.
Con eso, muchas veces, aparecen la culpa y la vergüenza. La sensación de que hay algo en vos que no se arregla, de que hay una parte fallada, torpe, inadecuada.
Quiero decirte algo importante desde el principio: esto no te pasa solo a vos. No estás rotx. Y no hay nada malo contigo.
Lo escucho muy seguido en los procesos que acompaño, y también lo conozco en mí.
Lo que solemos llamar autosabotaje no es un error del sistema, ni una prueba de falta de voluntad. Tiene sentido. Incluso cuando nos duele, incluso cuando nos limita, incluso cuando parece ir en contra de lo que queremos, hay algo ahí que está pidiendo ser escuchado.
Vemos muy poco de todo lo que somos.
Vemos lo que hacemos, lo que creemos querer, una parte de lo que sentimos y algunos pensamientos que logramos registrar. Pero eso es solo la superficie. Debajo hay un entramado mucho más complejo: experiencias pasadas, vínculos que nos marcaron, aprendizajes tempranos, mandatos, miedos antiguos, formas de protegernos que se organizaron cuando no había muchas más opciones disponibles.
Somos el resultado de nuestra historia, de la historia de quienes nos cuidaron, de los vínculos que tuvimos y de los que tenemos hoy, del entorno, de los hábitos y también de las expectativas que cargamos hacia el futuro. Todo eso convive en nosotros al mismo tiempo. Y para entendernos, no alcanza con mirar solo una parte.
Repetir no es necesariamente retroceder.
Muchas veces es el cuerpo y el sistema nervioso volviendo a lo conocido cuando la vida aprieta. Las principales prioridades de nuestro cerebro son sobrevivir y ahorrar energía: crear rutas familiares, repetirlas, sostener lo que ya sabe hacer. No porque sea lo mejor, sino porque en algún momento fue lo más seguro. Y porque tiene muchísimo trabajo: salvo que haya una intención muy clara de hacer algo distinto, va a seguir haciendo lo mismo.
Si estás aquí, lo que sea que estés haciendo de alguna manera te ha servido, aunque hoy te haga sufrir. Y cuando aparecen cambios, desafíos, pérdidas o movimientos importantes, es bastante esperable que esas estrategias viejas vuelvan a tomar protagonismo. No porque todo lo anterior no haya servido, sino porque hay capas más profundas que se activan frente a determinadas circunstancias.
Por eso, cuando sentís que “volvés atrás”, en realidad no estás en el mismo lugar. La conciencia que ganaste no se pierde. Lo que entendiste de vos no desaparece. Lo que aparece es otra capa del proceso, muchas veces más antigua, más primaria, pidiendo ser vista y escuchada.
El problema no suele ser esa parte que frena, que duda o que repite. El problema suele ser la pelea interna. La exigencia de que algo debería ser distinto ya. La violencia con la que intentamos empujarnos a cambiar sin escuchar qué está pasando por dentro.
Tal vez el primer gesto de cambio no sea avanzar, sino frenar un poco.
Escuchar y preguntarte, con honestidad y sin urgencia, qué está necesitando esa parte que hoy parece sabotearte. No para eliminarla, sino para integrarla.
A veces aparece algo difícil de aceptar: darnos cuenta de que no todo se puede —ni se tiene que— hacer solxs. Que cambiar no es un acto de fuerza individual, sino un proceso que necesita dirección, sostén, mirada externa y tiempo.
También puede aparecer la trampa de tener una intención muy grande y querer hacerlo todo de golpe. Para la mayoría, el cambio no funciona así: suele necesitar pasos pequeños, acciones sostenibles y de a una cosa a la vez.
Esto no se agota en este texto. Hay capas que merecen tiempo.
Si este año querés que sea distinto, empezá distinto. Quizá no se trate de presionarte ni exigirte más, sino de empezar desde otro lugar. Y si necesitás un espacio para hablar, ordenar y escucharte, acá estoy.
Con amor, Mar
Siempre, cualquier día, si sentís que te perdiste, podés volver a empezar.
Bonus - Práctica en audio
Te dejo una práctica cortita para acompañar este proceso y llevarlo al cuerpo.
Es una invitación a frenar, escuchar con amabilidad y salir —aunque sea un poco— del automachaque cuando algo se repite y frustra.
Podés repetirla las veces que lo necesites.





