La semana pasada vivimos una situación desafiante con Maku, mi perro, que se enfermó y terminó internado. Y hubo algo que apareció varias veces en mi cabeza: cómo, a veces, desconectarnos de nuestras emociones puede ser un mecanismo necesario y útil para atender y atravesar lo que estamos viviendo. En este caso, significó tomar cierta distancia del miedo y de la angustia para poder actuar y tomar las decisiones que la situación requería.
Como ocurre con otros mecanismos de supervivencia, el conflicto no aparece porque exista esta respuesta. De hecho, en determinados momentos, es lo que necesitamos. El conflicto aparece cuando esa forma de funcionar deja de responder a una situación concreta y sobrevivir termina convirtiéndose en nuestra manera habitual de estar en el mundo.
Desconectarnos por momentos nos protege
La capacidad de desconectarnos de nuestras emociones forma parte de los recursos con los que cuenta nuestro organismo para afrontar determinadas experiencias. Mario C. Salvador lo describe con precisión: la desconexión emocional tiene un valor de supervivencia. Es una decisión temprana, automática, de un sistema nervioso orientado a protegernos — no un proceso consciente. Cuando una situación resulta demasiado intensa, o no encuentra un entorno donde pueda ser expresada y sostenida, reducir el contacto con lo que sentimos puede ser una forma eficaz de protección.
Pero lo que inicialmente permitió seguir adelante puede terminar convirtiéndose, con el tiempo, en la forma habitual de relacionarnos con nuestra propia experiencia interna.
No es solo protección. También es algo que aprendemos.
Hay dos capas acá, y conviene distinguirlas. Una es biológica —la que acabamos de ver—. La otra es aprendida.
Durante mucho tiempo crecimos separando mente y cuerpo como si fueran dos partes independientes. Hablábamos de salud mental por un lado y de salud física por otro. Aprendimos a pensar, analizar y resolver problemas. Pero muy pocas veces alguien nos enseñó a reconocer una emoción, escuchar el cuerpo o comprender que ambos participan de la forma en que percibimos el mundo y nos relacionamos con él.
Es más, muchas veces nuestro sentir no era bien recibido:
“En esta casa no se llora.” “No es para tanto.” “No molestes.” “Qué pesada.” “Qué intensa.” “Tenés que ser fuerte.”
De a poco fuimos aprendiendo que expresar nuestro sentir no es adecuado. Que algunas partes de nosotros mismos no son bienvenidas. Y en una cultura que valora la productividad, la rapidez y el hacer constante, esta forma de funcionamiento se volvió normal.
Cuando dejamos de sentirnos a nosotros mismos
En general, nadie llega a consulta diciendo: “Estoy desconectada emocionalmente”. En parte porque muchas veces ni siquiera lo vemos como un problema. Es una forma de funcionamiento bastante normalizada.
Pueden venir porque dicen: “Me enojo y me descompenso”, “estoy teniendo episodios de ansiedad”, “tengo miedo todo el tiempo”, “me siento apagada, confusa”, “hace tiempo que me cuesta disfrutar”.
Y aunque la desconexión no sea la única causa de lo que les está pasando, es algo con lo que me encuentro con frecuencia: una sobreidentificación con la mente y una dificultad para reconocer las sensaciones del cuerpo y las emociones. También, una dificultad para permitirnos sentir aquello que nos incomoda y para hacerle lugar a lo que nos pasa.
¿Pero por qué es importante sentir?
Las emociones nos hablan de lo que estamos necesitando. Son sensaciones corporales que nos invitan a tomar una determinada acción: parar, tomar distancia, buscar ayuda, prepararnos, descansar, llorar.
Cuando me desconecto, me desconecto de aquello que necesito. De lo que me importa. De lo que me duele y me hace mal. De lo que me gusta, me da placer y realmente tengo ganas de hacer. Porque no podemos apagar solo una parte de nosotros. Todo está conectado. Cuando evito aquello que me incomoda, también se va volviendo más difícil conectar con el placer, el deseo, la alegría, la curiosidad; con la posibilidad de estar presentes en lo que estamos viviendo.
Además, lo que evito, eso de lo que intento alejarme, no desaparece. En general encuentra otras formas de expresarse. De alguna manera, me sigue pasando factura.
De la supervivencia a la conexión
Funcionamos en dos modos básicos: el de supervivencia y el de crecimiento o conexión. Mario C. Salvador plantea que uno inhibe al otro. No podemos estar realmente disponibles mientras una parte de nosotros sigue en guardia.
Cuando la supervivencia se vuelve el modo habitual —cuando vivimos como si estuviéramos permanentemente frente a una amenaza— no solo nos desgastamos. Muchas de nuestras capacidades quedan limitadas, porque parte de nuestra energía está puesta en defendernos, incluso cuando hoy ya no existe ese peligro.
Cuando nuestro organismo percibe suficiente seguridad, puede salir de ese modo de defensa y recuperar otras posibilidades. Podemos conectar, explorar, aprender, crear, pensar con mayor claridad y estar más disponibles para lo que ocurre dentro y fuera de nosotros. Es, en pequeño, lo que también le pasó a Maku cuando volvió del veterinario: su cuerpo se quedó en alerta unos días, hasta que registró que el peligro ya había pasado y pudo volver a ser el mismo.
Y con ello podemos recuperar, de a poco, flexibilidad: la posibilidad de acercarnos y alejarnos de nuestra experiencia interna y de nuestras emociones según lo que necesitemos en cada momento, sin quedar atrapados en una única forma de responder. No se trata de sentir y expresar siempre. Se trata de poder elegir.
Volver a sentir
Es un proceso que no ocurre solo desde la comprensión. Necesita cuerpo. Necesita nuevas experiencias. Necesita recursos. Y muchas veces necesita la presencia de otros: personas con las que podamos experimentar que aquello que sentimos puede ser recibido, que podemos expresarnos sin tener que apagarnos y que es posible estar de otra manera.
Porque necesitar de otros no es una falla personal ni una falta de autonomía. Es parte de nuestra condición humana. Desde que nacemos necesitamos de los demás para regularnos, sentirnos seguros y aprender cómo relacionarnos con el mundo.
Quizás recuperar la conexión tenga que ver con esto: volver a experimentar que podemos sentir y expresarnos también frente a un otro.
Un punto de partida
Un buen punto de partida está en observar cómo nos estamos relacionando hoy con nuestro mundo emocional. Tomarnos un momento para parar y escucharnos.
¿Cómo está tu cuerpo en este momento? ¿Hay algo que llame especialmente tu atención? ¿Alguna zona que se sienta con más intensidad?
¿Qué emociones aparecen con más frecuencia en vos? ¿Qué emoción te cuesta más reconocer, expresar o permitirte sentir?
¿Hay algo que sientas no te estás permitiendo escuchar?
Primero, Sentir
Si querés seguir profundizando, Primero Sentir puede ser para vos. Una invitación a acercarnos al cuerpo y a las emociones, y a crear un espacio de escucha y encuentro con nosotros mismos.
Un recorrido progresivo de seis capítulos, con preguntas y una práctica al final de cada uno, más un kit de 12 prácticas en audio y video para seguir profundizando. Todo pensado para que te quedes con lo que te funciona y vayas creando tu propia caja de recursos: herramientas que puedan ayudarte a volver a vos.
Para seguir leyendo:
Mario C. Salvador — Nuestra ciudadela interna. Desde la supervivencia a la autenticidad
Nazareth Castellanos — Neurociencia del cuerpo)


